Aseguradoras y riesgos climáticos.
Una nueva forma de gestionar la realidad
Capítulo 6

Francisco Salari
Francisco Salari es Ingeniero Agrónomo especializado en riesgo climático y tecnología aplicada al sector agropecuario. Cuenta con una maestría en Gestión Internacional y Finanzas por la University of Applied Sciences Kaiserslautern (Alemania), y experiencia en innovación de seguros agrícolas y resiliencia climática. Ha trabajado en Sancor Seguros y realizó una pasantía en Munich Re, donde profundizó en el análisis de catástrofes naturales. Su trayectoria combina ciencia, tecnología y visión empresarial para transformar la manera en que el mundo mide, previene y asegura los impactos del cambio climático.

Daniel Dechiara
Ingeniero Agrónomo domiciliado en Sunchales, Santa Fe, Argentina. Posee trayectoria y experiencia nacional en internacional comprobada en el ámbito de los seguros agropecuarios, en investigación, desarrollos, innovación, desarrollos técnicos-comerciales, peritajes, auditorías, ingeniería de la calidad y vinculación interinstitucional. Desde 1998 desempeña su actividad en Sancor Seguros y Agricultural Risk Consultant. Desde 2005 realiza labores de docencia ad-honoren en la FCAgrarias de Esperanza – UNL. Colaborador ad-honoren en capacitaciones el IICA, ALASA, FCAgr. de Córdoba – UNC. Permanente actividad de capacitación formal y no formal, escucha activa, liderazgo de proyectos y situacional, trabajo en equipo, proactividad permanente. Gran compromiso social y humano tanto empresarial como en las instituciones de la sociedad civil.
AUSPICIANTES
Cambio climático: acelerando la transformación en seguros
El cambio climático ya no es una proyección futura, es una realidad concreta que, como en muchos sectores, también está generando cambios en la industria aseguradora. El aumento de la frecuencia e intensidad de eventos, como las sequías, olas de calor, inundaciones, incendios forestales y tormentas severas de granizo, está generando estrés en los modelos clásicos de gestión del riesgo. Esta preocupación comienza a darse excepcionales, de alta intensidad y muy baja frecuencia que se vuelven cada vez más recurrentes y extremos, y afectan regiones que históricamente eran consideradas estables o con bajo nivel de riesgo. La intensificación de estos eventos no solo genera un aumento sostenido en las pérdidas económicas, sino que además desafía la capacidad de suscripción, actuarial y planificación financiera de las aseguradoras a nivel global.
El modelo tradicional de suscripción y tarificación basado en estadísticas históricas o costo de pérdida, traducido del inglés loss cost, comienza a mostrar señales de necesitar una actualización. Durante décadas, el sector asegurador se basó en el supuesto de que el comportamiento del riesgo futuro podía inferirse a partir de patrones del pasado basados en la siniestralidad histórica. Sin embargo, en el actual contexto de alta volatilidad climática, mayores valores a riesgos y mayor competitividad comercial, ese método requiere sumar otras variables clave. La distribución de eventos extremos no puede asumirse estable o predecible; por un lado, porque las estadísticas disponibles se basan en una serie de datos limitada que muchas veces no representan eventos previos; y por otro, porque las curvas de riesgo están cambiando en tiempo real debido al aumento de la temperatura. Esto obliga al mercado de seguros a una reformulación profunda de las metodologías actuariales.
Los cambios en las distribuciones impactan de manera directa en la capacidad para anticipar, calcular y asumir el riesgo. La tarificación se vuelve más compleja, lo cual influye en la competitividad de los productos y la sostenibilidad técnica de las carteras. Las zonas tradicionalmente consideradas de bajo riesgo podrían experimentar eventos atípicos que no estaban contemplados en las primas, y los eventos extremos podrían tender a efectos concurrentes y globales, lo que podría disminuir la eficacia de la diversificación geográfica como una de las estrategias de mitigación.
Un concepto que ha comenzado a cuestionarse en este nuevo paradigma es el de pérdida máxima probable (PMP). Tradicionalmente, este indicador se calculaba a partir de las peores experiencias del pasado y de la distribución y acumulación geográfica del riesgo. Sin embargo, el cambio climático introduce un riesgo emergente que no necesariamente se refleja en los datos históricos. Las aseguradoras se ven ante la posibilidad concreta de enfrentar pérdidas que nunca ocurrieron con ese mismo nivel de magnitud o en su combinación espacio-temporal. Este riesgo nunca visto, que podríamos denominar “fuera de catálogo», pone en amenaza la arquitectura tradicional utilizada para fijar el precio del seguro (derivado del inglés pricing) para determinar la prima que una aseguradora o reaseguradora cobra por asumir un riesgo específico, y exige la incorporación de enfoques que integren simulaciones de escenarios futuros en base a la proyección de variables climáticas.
La creciente interconexión de eventos climáticos con otras dimensiones de la economía y la sociedad convierten al riesgo climático en un fenómeno sistémico. Por ejemplo, una sequía prolongada puede afectar la seguridad alimentaria en zonas vulnerables, como en algunas regiones del continente africano, reducir la disponibilidad de agua potable, interrumpir cadenas de suministro por el descenso de los ríos e incrementar los conflictos sociales. En este contexto, el cambio climático no es solo un factor de pérdidas aisladas que puede generar problemas en los balances contables de una aseguradora, sino un amplificador de vulnerabilidades estructurales, con impactos económicos, sociales y reputacionales, que exige del accionar de todos los actores.
El panorama se complejiza aún más por el paralelismo de ocurrencia de eventos extremos en distintas regiones del mundo. Por ejemplo, incendios forestales simultáneos en América del Norte, Europa y Oceanía o la coincidencia de olas de calor con fallas energéticas y pérdida de productividad. Este tipo de escenarios afecta directamente al principio de dispersión del riesgo, fundamento clave de la industria del reaseguro. Cuando múltiples eventos ocurren al mismo tiempo o en rápida sucesión, los fondos acumulados y la capacidad global de absorción se ven sobreexigidos, lo cual eleva las primas de reaseguro y reduce la oferta disponible.
En paralelo, inversores institucionales, agencias calificadoras y reguladores han comenzado a incorporar criterios climáticos en sus evaluaciones de riesgo y solvencia. Entidades como S&P Global, Moody’s y Fitch han desarrollado metodologías para evaluar la exposición climática de las aseguradoras y penalizan a aquellas con alta exposición a riesgos físicos sin planes de adaptación claros. Por ejemplo, Moody’s los llama “riesgos físicos y de transición” (traducción de physical and transition risk). Este cambio de enfoque implica que las aseguradoras no solo deben preocuparse por las pérdidas directas, sino también por su posicionamiento estratégico y financiero frente al cambio climático.
Otro aspecto relevante es la brecha de protección (traducción del inglés protection gap), que representa la diferencia entre las pérdidas económicas totales y aquellas que están efectivamente cubiertas por seguros. Este gap se amplía cada vez más, especialmente en países en desarrollo o en sectores vulnerables, como la agricultura familiar, la infraestructura crítica o las poblaciones urbanas marginales. Las aseguradoras buscan reducir su exposición ante las amenazas del cambio climático y evitar grandes pérdidas en sus portafolios, lo que exacerba esta brecha, ya que incrementa la exposición sin que necesariamente se acompañe de una mayor penetración del seguro.
Ante este escenario desafiante, las aseguradoras enfrentan la necesidad urgente de redefinir su rol. El nuevo mandato es transformarse en actores proactivos de resiliencia, anticipar los impactos del cambio climático, promover soluciones adaptativas y diseñar productos más adecuados a la realidad del siglo XXI. Esto requiere nuevas capacidades de recursos humanos, fuertes inversiones en tecnología y afianzar alianzas con otros actores del sistema económico, como los gobiernos, las universidades, las fintechs, los organismos multilaterales y los propios asegurados.
En definitiva, el cambio climático desafía y abre una oportunidad histórica para la innovación. La industria aseguradora tiene la posibilidad de liderar un nuevo enfoque de gestión del riesgo que combine ciencia climática, tecnología de datos, inteligencia artificial, modelos predictivos y mecanismos financieros innovadores. El reto es construir un modelo asegurador más preciso, dinámico, preventivo, centrado en el asegurado y que brinde sustentabilidad al sistema global.
2. Hacia una suscripción de precisión: tecnología al servicio del suscriptor
La transformación que está atravesando el sector asegurador frente al cambio climático y a la revolución tecnológica tiene como pilar más relevante el concepto de suscripción de precisión. Este nuevo enfoque representa un giro radical con respecto a las metodologías tradicionales, donde el cálculo del riesgo se realizaba de manera agregada por regiones, departamentos o zonas agroecológicas. Hoy, el desafío y la oportunidad están en ir más allá: comprender y tarificar el riesgo de manera local, teniendo en cuenta las particularidades de cada lote, cada ambiente y ubicación específica.
Durante décadas, la suscripción estuvo limitada por la disponibilidad de datos y por las capacidades técnicas para analizarlos. Se utilizaban promedios históricos por región, o se definían franjas tarifarias a partir de estadísticas amplias y poco dinámicas. Este modelo, si bien fue funcional durante un tiempo, ha demostrado ser insuficiente en el contexto actual, caracterizado por una alta variabilidad climática, cambios abruptos en el uso del suelo, y una exposición al riesgo mucho más fragmentada y localizada.
La suscripción de precisión permite superar esas limitaciones, porque ofrece una visión mucho más granular y ajustada del riesgo. Gracias a los avances tecnológicos, hoy es posible acceder a información geoespacial de alta resolución, proveniente de satélites ópticos y de radar, que se actualiza con una frecuencia de días o, incluso, horas. Estas imágenes satelitales, combinadas con datos históricos de siniestralidad, pronósticos climáticos y mapas de uso del suelo, permiten construir modelos predictivos robustos que describen con gran detalle la exposición y vulnerabilidad de cada unidad asegurada.
Un ejemplo concreto de este enfoque es el uso de mapas de vegetación derivados de índices como el EVI (Enhanced Vegetation Index), que permiten evaluar el estado del cultivo en tiempo real, su desarrollo fenológico y su sensibilidad ante condiciones climáticas extremas. Al mismo tiempo, se pueden integrar datos de altitud, pendiente, orientación del terreno, cercanía a cuerpos de agua, tipo de suelo, presencia de barreras naturales o artificiales, entre otros factores que inciden en el nivel de riesgo. La combinación de estas variables a través de modelos de inteligencia artificial posibilita construir perfiles de riesgo individualizados y ajustar la prima a la realidad específica de cada asegurado.
Otro componente clave en esta evolución es la posibilidad de analizar el historial de siniestros con mayor precisión. Las aseguradoras pueden identificar patrones, recurrencias, zonas calientes (traducción del inglés hotspots) o factores de riesgo persistentes. Por ejemplo, un lote agrícola puede tener mayor exposición al granizo por su orientación geográfica, o estar más expuesto a heladas por su altitud y cercanía a . Este conocimiento permite no solo tarificar mejor, sino también diseñar productos más ajustados, con coberturas específicas y mecanismos de prevención personalizados.
Desde el punto de vista operativo, la suscripción de precisión también genera beneficios concretos. La posibilidad de emitir pólizas automáticamente a partir de datos georreferenciados, sin necesidad de inspecciones presenciales reduce los costos administrativos y agiliza los tiempos de emisión. Además, mejora la trazabilidad del riesgo y facilita la integración con sistemas de gestión agronómica, lo cual potencia sinergias con otras herramientas digitales utilizadas por los productores.
En términos de equidad, este enfoque también representa un avance significativo. La tarificación tradicional, basada en promedios regionales, puede penalizar injustamente a productores con buenas prácticas o condiciones naturales favorables, y subestimar el riesgo de otros con mayor exposición o manejo inadecuado. La suscripción de precisión reduce esta asimetría de información, porque permite asignar primas más justas y fomentar comportamientos responsables. En otras palabras, la medición del riesgo continúa evolucionando naturalmente gracias al uso de nuevas tecnologías basadas en ciencia, y brinda soluciones más intuitivas para el usuario.
Asimismo, este modelo permite introducir criterios de bonificación agronómica para aquellos asegurados que adoptan medidas de mitigación o adaptación, si hablamos de cubrir rendimientos. Por ejemplo, pueden obtener descuentos quienes implementen cultivos de cobertura, adopten agricultura de conservación, gestionen eficientemente el riego o instalen barreras contra el viento. Este tipo de estrategias no solo reducen el riesgo individual, sino que también contribuyen a la resiliencia colectiva del sistema productivo.
Por otra parte, la suscripción de precisión también abre la puerta a la segmentación avanzada del mercado asegurador. En lugar de ofrecer un único producto genérico, las compañías pueden diseñar paquetes modulares ajustados a distintos perfiles de riesgo, tipo de cultivo, localización o nivel tecnológico del productor. Esto favorece la penetración del seguro, la atención de las necesidades particulares de los clientes y, en consecuencia, la diferenciación en un mercado cada vez más competitivo.
En cuanto a la tecnología, el rol de la inteligencia artificial (IA) y el machine learning es cada vez más central. Estas herramientas permiten analizar grandes volúmenes de datos multidimensionales, detectar correlaciones no evidentes, anticipar tendencias y generar modelos adaptativos. A medida que se alimentan con más información (por ejemplo, nuevas campañas agrícolas, eventos climáticos recientes, reportes de siniestros), estos modelos se vuelven más precisos y útiles para la toma de decisiones donde el rol de la inteligencia humana (IH) es fundamental.
Un elemento estratégico para escalar la suscripción de precisión es la interoperabilidad entre plataformas. Para que los datos fluyan eficientemente entre aseguradoras, brókers, productores, agencias gubernamentales y servicios meteorológicos es necesario establecer estándares comunes, promover sistemas abiertos y garantizar la calidad, trazabilidad y seguridad de la información. La creación de ecosistemas digitales colaborativos será clave para consolidar este nuevo paradigma.
No obstante, la adopción plena de este enfoque también enfrenta desafíos. En muchos países, la cobertura satelital no es homogénea y en cuanto al acceso a internet, la conectividad rural sigue siendo limitada. Además, no todos los productores están familiarizados con tecnologías digitales, lo que requiere procesos de capacitación y acompañamiento. Finalmente, los marcos regulatorios deben actualizarse para validar nuevas fuentes de datos, aceptar mecanismos automatizados de tarificación y estimular la innovación sin perder la protección al consumidor.
La suscripción de precisión no es solo una mejora técnica: es un cambio cultural. Implica pasar de la generalización a la especificidad, de la intuición al dato, del promedio a la evidencia. Posibilita construir un seguro más justo, más eficiente y resiliente frente al desafío climático. Las aseguradoras que adopten esta visión estarán mejor posicionadas para anticiparse al riesgo, fidelizar a sus clientes y liderar la transición hacia un modelo de gestión más inteligente y sostenible.
3. De la predicción a la anticipación: integración de modelos climáticos
Durante mucho tiempo, el seguro se basó en un principio fundamental: calcular riesgos a partir de lo que ya sucedió. La lógica era simple pero robusta: si un evento ocurrió con cierta frecuencia e intensidad en el pasado, es razonable suponer que lo mismo podría volver a ocurrir en el futuro. Sin embargo, el cambio climático ha puesto en crisis esta premisa y obligó a las aseguradoras a incorporar un nuevo enfoque en la evaluación y gestión del riesgo: la anticipación.
Este cambio se refleja en la creciente adopción del concepto de forecast-based underwriting, o suscripción basada en pronóstico. A diferencia del enfoque retrospectivo tradicional, este modelo utiliza herramientas avanzadas para proyectar cómo podría evolucionar el riesgo climático en el futuro cercano y lejano para ajustar las primas, las coberturas y las condiciones del seguro. Es un cambio profundo en la manera de pensar y modelar el riesgo, que no solo mejora la precisión técnica, sino que también aumenta la resiliencia del sistema asegurador ante la creciente incertidumbre ambiental.
El pilar fundamental de esta transformación es la incorporación de pronósticos climáticos estacionales, proyecciones de cambio climático y escenarios de referencia, como los del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) en los modelos de suscripción. Estas herramientas permiten anticipar condiciones como el inicio de la temporada de lluvias, la probabilidad de olas de calor o la persistencia de sequías, todo ello con base en análisis estadísticos y simulaciones fisicomatemáticas de gran complejidad.
Por ejemplo, en regiones agrícolas altamente dependientes de la variabilidad climática, como el Cono Sur de América Latina, los modelos estacionales permiten anticipar con varios meses de antelación si se espera un fenómeno El Niño o La Niña, y cómo eso podría impactar las precipitaciones, las temperaturas y los rendimientos. Este conocimiento puede usarse para ajustar la prima de seguros agrícolas, recomendar coberturas complementarias o, incluso, incentivar cambios en las decisiones productivas del asegurado.
Además, los modelos climáticos de largo plazo, que integran emisiones de gases de efecto invernadero, cambios en el uso del suelo y evolución socioeconómica, permiten proyectar escenarios de riesgo para horizontes de 10, 20 o, incluso, 50 años. Aunque este tipo de información no se utiliza tanto para seguros anuales, resulta sumamente útil para diseñar coberturas de infraestructura crítica, forestación, energías renovables o bienes de alto valor con exposición prolongada. Por ejemplo, si se espera que una región aumente su frecuencia de tormentas severas en las próximas décadas, las aseguradoras pueden ajustar su cartera de inversiones, rediseñar productos o condicionar el aseguramiento a obras de mitigación.
En este proceso, los modelos estocásticos y simulaciones probabilísticas juegan un rol central. Estas técnicas, muchas veces potenciadas por inteligencia artificial y aprendizaje automático (machine learning), permiten generar miles de trayectorias climáticas posibles, analizar su impacto financiero y definir niveles aceptables de exposición. La combinación de simulaciones y datos históricos enriquece la comprensión del riesgo y fortalece la capacidad de anticipación.
Uno de los grandes beneficios de este enfoque es que facilita una gestión proactiva del riesgo, en lugar de una reacción tardía. En lugar de esperar que ocurra una catástrofe para ajustar las condiciones del seguro, las aseguradoras pueden actuar antes: reducir exposición, diversificar cartera, reforzar reservas técnicas o rediseñar coberturas específicas. Esto mejora la solvencia del sistema, protege mejor a los asegurados y evita tensiones innecesarias con los reaseguradores.
Otro aspecto clave es la alineación con los objetivos de sostenibilidad, adaptación y transición ecológica. La anticipación permite crear productos que acompañan a los sectores productivos en su proceso de adaptación al cambio climático. Por ejemplo, se pueden ofrecer seguros con primas diferenciadas para quienes adoptan prácticas resilientes, como cultivos resistentes a la sequía, manejo eficiente del agua o infraestructura verde. También es posible incorporar incentivos financieros para proyectos que reduzcan la huella de carbono o mejoren la biodiversidad, lo cual no solo reduce el riesgo climático, sino que también genera valor reputacional y comercial.
Esta lógica también responde a las nuevas exigencias regulatorias y financieras. Organismos como el International Sustainability Standards Board (ISSB), la Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD) o los propios bancos centrales y supervisores financieros están pidiendo a las aseguradoras que integren el riesgo climático en su planificación estratégica, en sus informes de sostenibilidad y en sus análisis de estrés. Incorporar modelos climáticos futuros en la suscripción es una forma tangible de demostrar esa integración y de prepararse para escenarios disruptivos que podrían afectar la rentabilidad, la liquidez o la estabilidad de la compañía.
No obstante, la implementación de este enfoque no está exenta de desafíos. Por un lado, requiere capacidades técnicas avanzadas, acceso a bases de datos científicas, alianzas con centros de investigación y personal especializado en modelado climático y análisis de datos. Por otro lado, es necesario trabajar en la comunicación del riesgo hacia los asegurados, ya que muchas veces el concepto de anticipación no es intuitivo, y puede generar confusión si no se explica con claridad. ¿Por qué aumenta la prima si aún no ocurrió ningún evento? ¿Cómo se justifica una cobertura especial si el año pasado no hubo siniestros?
Por eso, el uso de modelos climáticos debe ir acompañado de transparencia, educación y colaboración intersectorial. Las aseguradoras deben actuar como traductoras entre el lenguaje técnico de la ciencia climática y la lógica práctica de los productores, empresarios y tomadores de decisiones. También es fundamental establecer estándares comunes, auditorías independientes y validación científica de los modelos utilizados para evitar interpretaciones arbitrarias o uso oportunista de la anticipación.
El paso de la predicción a la anticipación representa uno de los avances más significativos en la evolución de los seguros climáticos, porque permite construir un modelo de suscripción más dinámico, preventivo y compatible con los desafíos del siglo XXI. No se trata solo de ajustar primas, sino de repensar la gestión del riesgo desde una mirada estratégica, integral y basada en evidencia. Aquellas aseguradoras que inviertan en esta transformación estarán mejor preparadas para proteger a sus clientes, cumplir con las expectativas regulatorias y posicionarse como líderes en un mundo donde el futuro ya no puede ser ignorado.
4. Cambios regulatorios, reportes climáticos y gobernanza del riesgo
El cambio climático no solo está redefiniendo la forma en que las aseguradoras suscriben y modelan el riesgo, sino que también está generando una transformación profunda en los marcos regulatorios, los mecanismos de reporte financiero y la gobernanza institucional del sector. En los últimos años, los organismos internacionales, las agencias supervisoras nacionales y los inversores institucionales han comenzado a exigir a las aseguradoras una incorporación explícita, sistemática y transparente del riesgo climático en su estrategia corporativa y operativa.
Uno de los hitos más importantes en este camino ha sido la creación de la ya mencionada Task Force on Climate-related Financial Disclosures (TCFD), promovida por el Consejo de Estabilidad Financiera (FSB) y respaldada por el G20. La TCFD propone un marco estructurado para que las empresas, incluidas las aseguradoras, divulguen cómo el cambio climático afecta su gobernanza, su estrategia, sus procesos de gestión del riesgo y sus métricas financieras. Esta iniciativa busca estandarizar y hacer comparables los reportes climáticos, para que los inversores, supervisores y otros stakeholders puedan tomar decisiones más informadas.
En 2023, este impulso fue consolidado por el lanzamiento del International Sustainability Standards Board (ISSB), bajo la órbita de la IFRS Foundation. El ISSB tomó como base las recomendaciones de la TCFD y las integró en un estándar global de reporte de sostenibilidad, que ya está siendo adoptado por numerosos países. Esto marca un cambio de paradigma: los riesgos climáticos, antes considerados “extra-financieros”, ahora forman parte del corazón de los informes financieros obligatorios, al mismo nivel que los riesgos de mercado, crédito o liquidez.
Para el sector asegurador, estas exigencias regulatorias significan mucho más que un cumplimiento documental. Requieren un rediseño integral de los procesos internos de análisis de riesgos, planificación estratégica, inversión y divulgación. Pacto Mundial menciona que “la Directiva (UE) 2022/2464 del Parlamento Europeo y del Consejo del 14 de diciembre de 2022 en lo que respecta a la presentación de información sobre sostenibilidad por parte de las empresas (CSRD),”[1] demandará a las empresas modelar su exposición tanto a riesgos físicos (como fuertes tormentas, incendios, sequías, inundaciones) como a riesgos de transición, que incluyen cambios regulatorios, avances tecnológicos disruptivos, evolución de las preferencias sociales, juicios climáticos o pérdida de valor de activos intensivos en carbono.
Por ejemplo, una aseguradora que tiene inversiones en empresas energéticas basadas en combustibles fósiles debe evaluar cómo afectará a esos activos una eventual regulación más estricta sobre emisiones, una caída de la demanda por electrificación o la aparición de nuevas tecnologías limpias. De igual forma, una compañía que asegura bienes raíces en zonas costeras vulnerables deberá anticipar la posibilidad de restricciones legales de construcción, migración de población o encarecimiento de los reaseguros.
En este contexto, se vuelve indispensable la integración del riesgo climático en los sistemas de gobernanza corporativa. Las áreas técnicas y de sostenibilidad deberán trabajar en forma conjunta; involucrando al directorio, el comité de auditoría, la gerencia de inversiones y el área de cumplimiento para dotarlos de una comprensión clara y activa del riesgo climático. Esto implica definir responsabilidades, incorporar métricas específicas, establecer canales de supervisión y alinear los incentivos internos con los objetivos de sostenibilidad.
Asimismo, los reguladores financieros están avanzando rápidamente en exigir que las aseguradoras realicen análisis de escenarios climáticos y pruebas de estrés. Estas herramientas permiten estimar cómo se comportarían las carteras de activos y pasivos bajo diferentes trayectorias climáticas, como un escenario de calentamiento de la temperatura mundial de 2 °C o un desordenado proceso de descarbonización. Algunos países, como Reino Unido, Francia y Nueva Zelanda, ya han hecho obligatorio este tipo de ejercicios, y en América Latina comienzan a surgir iniciativas piloto en países como Chile, Colombia y Brasil.
En paralelo, los reaseguradores cumplen un rol fundamental en esta transformación. No solo actúan como respaldo financiero ante grandes pérdidas, sino que también son proveedores clave de modelos, datos, metodologías y soluciones innovadoras. Empresas como Swiss Re, Munich Re o AXA han desarrollado sus propios modelos climáticos y colaboran activamente con aseguradoras primarias para mejorar la capacidad de modelar eventos extremos, calcular primas adecuadas y desarrollar productos indexados o paramétricos. En muchos casos, estas reaseguradoras también condicionan sus coberturas a que la compañía cedente incorpore consideraciones climáticas en su análisis de riesgos.
El avance de estas exigencias también ha generado una presión creciente por parte de los inversores institucionales. Fondos de pensión, aseguradoras de vida, fondos soberanos y gestores de activos han comenzado a aplicar criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) a la hora de seleccionar en qué compañías invertir. Las aseguradoras que no puedan demostrar una gestión robusta del riesgo climático pueden ver limitado su acceso al capital, perder valor de marca o ser penalizadas en sus calificaciones crediticias.
Por tal motivo, la elaboración de reportes climáticos claros, auditables y estratégicamente integrados es altamente recomendada, en lugar de informes aislados de responsabilidad social. Cada vez es más fuerte la tendencia de los inversores que quieren ver cómo el cambio climático afecta la cuenta de resultados, la estabilidad financiera, la proyección a largo plazo y la toma de decisiones estratégicas. Y para eso, se necesitan datos confiables, metodologías consistentes y una narrativa transparente.
Además, la agenda regulatoria climática no se limita al ámbito financiero. También incluye aspectos relacionados con la gestión del talento, la equidad de género, los derechos humanos, la consulta con comunidades locales y el respeto a los estándares ambientales internacionales. Todo esto requiere que las aseguradoras adopten una visión holística del riesgo, en la que el cambio climático no sea un tema aislado, sino un eje transversal de la cultura organizacional.
En este nuevo marco, muchas reaseguradoras europeas crearon áreas de gestión de riesgos climáticos integrados, con equipos interdisciplinarios que combinan perfiles técnicos, legales, financieros, ambientales y de comunicación. Estos equipos trabajan en conjunto con consultoras, universidades, ONG y organismos multilaterales para generar capacidades internas y posicionarse como referentes en el mercado.
En síntesis, los cambios regulatorios y de gobernanza impulsados por el riesgo climático no son una carga burocrática ni una tendencia pasajera. Son una señal clara de que el mundo está transitando hacia una nueva economía, y que las aseguradoras deben evolucionar si quieren continuar liderando el mercado de riesgos sin dejar de ser solventes. La transparencia, la anticipación, la coherencia interna y la colaboración con actores clave serán pilares fundamentales para transitar con éxito esta nueva etapa.
5. El nuevo perfil del suscriptor climático 2.0
La evolución del rol del suscriptor representa una oportunidad única para potenciar el valor estratégico dentro de las aseguradoras. Al incorporar nuevas capacidades analíticas, herramientas tecnológicas y una mirada orientada al futuro, surge el suscriptor climático 2.0: un profesional preparado para anticipar riesgos, diseñar soluciones innovadoras y liderar con impacto en un entorno dinámico. Esta transformación no solo enriquece la toma de decisiones, sino que también fortalece la resiliencia y competitividad del negocio.
Este nuevo rol se enmarca en un modelo de negocio donde ya no alcanza con aplicar fórmulas actuariales sobre tablas históricas. El cambio climático está alterando las reglas del juego y, con ello, los requerimientos técnicos, analíticos y éticos de quienes toman decisiones sobre aceptación de riesgo y tarificación. El suscriptor climático es, ante todo, un gestor de incertidumbre, pero también un integrador de conocimientos diversos, un analista de datos complejos y un traductor entre ciencia, negocio y sociedad.
6.5.1. De analista técnico a integrador multidisciplinario
Tradicionalmente, el rol del suscriptor estaba ligado al conocimiento técnico del ramo (agrícola, patrimonial, automotor, etc.), a la experiencia acumulada y al manejo de parámetros financieros y estadísticos. Hoy, ese perfil se expande para incluir competencias mucho más amplias y transversales.
Un suscriptor climático necesita, por ejemplo, comprender la dinámica de los fenómenos atmosféricos y su interacción con la geografía local. Debe poder leer mapas de riesgo, interpretar proyecciones climáticas, entender los conceptos de vulnerabilidad y exposición, y diferenciar entre riesgo físico y riesgo de transición. Esto implica familiaridad con disciplinas como la meteorología, la climatología y la geografía ambiental, que hasta hace poco eran ajenas al mundo asegurador.
Además, la dimensión agronómica y productiva cobra especial relevancia. En el caso de los seguros agrícolas o rurales, el suscriptor debe interpretar el ciclo fenológico de los cultivos, conocer las prácticas agronómicas que mitigan el riesgo (siembra directa, rotación, manejo de suelos), y reconocer cómo distintas decisiones de manejo afectan la sensibilidad frente a eventos extremos. Esta capacidad es esencial para construir pólizas más ajustadas, definir primas más justas y orientar al asegurado en la prevención de pérdidas.
Por otro lado, la revolución digital ha introducido herramientas avanzadas de análisis estadístico, modelado geoespacial e inteligencia artificial, que exigen nuevos saberes. El suscriptor climático debe ser capaz de trabajar con plataformas de información satelital, interpretar índices como NDVI, EVI, SPI o CHIRPS, y utilizar software de análisis como R, Python, QGIS o plataformas de machine learning. No se trata de reemplazar al data scientist, sino de colaborar estrechamente con él, comprendiendo los fundamentos del modelado y participando activamente en la construcción de modelos de riesgo.
6.5.2. La lógica anticipatoria y el pensamiento sistémico
A diferencia del enfoque tradicional, donde el riesgo se entendía como un valor estático y cuantificable, el suscriptor climático debe adoptar una lógica anticipatoria. Es decir, mirar hacia el futuro, proyectar escenarios, evaluar incertidumbres y pensar en términos probabilísticos. Esto implica incorporar variables, como los pronósticos estacionales, los modelos de cambio climático, los impactos de políticas públicas (subsidios, restricciones ambientales) y las tendencias tecnológicas (nuevas semillas, energías renovables, digitalización del agro).
También requiere una visión sistémica del riesgo. Un evento climático extremo no afecta solo una parcela o un bien asegurado, sino que puede generar impactos en cadena: interrupción de cadenas de suministro, migración poblacional, conflictos sociales, pérdida de valor de activos. El suscriptor climático debe tener la capacidad de conectar causas y consecuencias, y entender que el riesgo es cada vez más multidimensional, interdependiente y dinámico.
Este tipo de análisis requiere pensamiento crítico, flexibilidad cognitiva y capacidad de trabajo colaborativo. Las decisiones ya no pueden tomarse en compartimentos estancos. Es necesario articular con meteorólogos, agrónomos, economistas, reaseguradores, ingenieros, especialistas en sostenibilidad y actores del territorio. Por eso, los equipos de suscripción climática deben ser, ante todo, multidisciplinarios y capaces de integrar saberes diversos para una toma de decisiones informada, justa y coherente.
6.5.3. Ética, sensibilidad ambiental y responsabilidad social
Otro aspecto fundamental del nuevo perfil es su dimensión ética y socioambiental. En un contexto donde los eventos extremos afectan con mayor dureza a las poblaciones vulnerables, el suscriptor climático no puede limitarse a evaluar fríamente el riesgo técnico. Debe comprender el contexto social, cultural y productivo del asegurado, y actuar con sensibilidad, debe buscar soluciones que combinen viabilidad económica con justicia climática.
Por ejemplo, frente a una comunidad rural afectada por sequías recurrentes, el suscriptor debe evaluar no solo la exposición objetiva al riesgo, sino también las estrategias de adaptación local, la capacidad de pago, el acceso a infraestructura y el rol del seguro como herramienta de inclusión financiera. En estos casos, el desafío no es solo calcular una prima “técnicamente correcta”, sino diseñar productos que promuevan resiliencia, fortalezcan el tejido social y aporten a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Además, en un entorno cada vez más regulado y exigente, el suscriptor climático tendrá que comenzar a conocer sobre los marcos normativos nacionales e internacionales, los lineamientos del ISSB, las exigencias de la TCFD, los criterios ESG de los inversores y los compromisos de reducción de emisiones. Su rol se convierte así en un puente entre la estrategia climática de la empresa y las decisiones cotidianas de suscripción, porque puede contribuir activamente a la gobernanza climática del asegurador.
6.5.4. Formación continua y cultura de aprendizaje
Por último, cabe destacar que el perfil del suscriptor climático no es estático ni cerrado. Es un perfil en construcción, en permanente evolución, que requiere formación continua y aprendizaje constante. Las aseguradoras que quieran liderar en esta transición deberán invertir en capacitación técnica, en sensibilización ambiental y en espacios de experimentación interdisciplinaria.
Esto incluye no solo cursos técnicos y talleres de modelado climático, sino también programas de intercambio con universidades, alianzas con centros de investigación, participación en redes internacionales, y promoción de una cultura organizacional abierta al cambio, la innovación y la colaboración.
En resumen, el suscriptor climático es mucho más que un técnico o un analista: es un estratega del riesgo en la era del cambio climático. Su capacidad para anticiparse, adaptarse, integrar saberes y actuar con responsabilidad social será clave para construir un seguro más inteligente, equitativo y resiliente. En este nuevo escenario, las aseguradoras no pueden limitarse a buscar talento tradicional: deben formar y empoderar a una nueva generación de profesionales preparados para liderar el futuro.
6. Recomendaciones estratégicas para el ecosistema asegurador
La aceleración del cambio climático y su impacto directo sobre los sistemas productivos, los activos asegurables y la estabilidad financiera de las compañías obligan a repensar de forma integral la estrategia del sector asegurador. No se trata únicamente de adaptar productos existentes, sino de transformar estructuras, procesos y mentalidades para construir un ecosistema más resiliente, inteligente y alineado con los desafíos del siglo XXI. A continuación, se presentan cinco recomendaciones estratégicas clave para transitar con éxito este proceso.
6.6.1. Invertir en capacidades tecnológicas para monitorear, anticipar y modelar el riesgo climático
En la nueva era del riesgo climático, la tecnología es la piedra angular de la innovación aseguradora. El primer paso estratégico es reconocer que, sin datos, no hay suscripción de precisión. Las aseguradoras deben invertir en herramientas que les permitan acceder, procesar y analizar información climática, ambiental y productiva en tiempo real.
Esto incluye el desarrollo de sistemas propios o el acceso a plataformas de terceros que integren datos satelitales, sensores IoT (internet de las cosas), modelos meteorológicos, mapas de uso del suelo y sistemas de alerta temprana. La incorporación de inteligencia artificial y machine learning en el modelado del riesgo permitirá anticipar tendencias, proyectar escenarios y ajustar coberturas con mayor agilidad.
Además, contar con infraestructura digital robusta, interoperable y segura es clave para gestionar grandes volúmenes de información, automatizar procesos y facilitar la toma de decisiones en entornos complejos. La inversión tecnológica ya no debe ser vista como un gasto, sino como un activo estratégico y diferenciador en el nuevo mercado climático.
6.6.2. Fortalecer alianzas con proveedores de datos, universidades, startups tecnológicas y organismos multilaterales
Dado que ninguna aseguradora puede enfrentar sola la complejidad del riesgo climático, resulta fundamental construir alianzas estratégicas con actores clave del ecosistema. Los proveedores de datos climáticos, satelitales o productivos (públicos y privados) son aliados naturales para la suscripción de precisión. Contar con acceso fluido a estas fuentes garantiza la solidez de los modelos de riesgo y la trazabilidad de los procesos.
Las universidades y centros de investigación ofrecen no solo conocimiento técnico de frontera, sino también recursos humanos capacitados, metodologías validadas y capacidades de validación científica. Las alianzas con startups tecnológicas (agtech, insurtech, climatetech) permiten incorporar innovación ágil, probar prototipos y escalar soluciones disruptivas.
Por su parte, los organismos multilaterales como el BID, el Banco Mundial, la FAO o el PNUD brindan marcos de colaboración internacional, financiamiento para pilotos, asistencia técnica y visibilidad global. Estas alianzas no deben ser transaccionales, sino estratégicas, duraderas y orientadas a la cocreación de valor.
6.6.3. Desarrollar productos flexibles, con activación automática, cobertura escalonada y enfoque territorial inteligente
El seguro climático del futuro debe abandonar el paradigma “uno para todos” y evolucionar hacia productos flexibles, modulares y adaptativos. Esto significa diseñar pólizas que se ajusten a la ubicación exacta del riesgo, al perfil productivo del asegurado, a sus prácticas de manejo y a las condiciones climáticas esperadas.
Las coberturas paramétricas e indexadas, como se vio más arriba, permiten activar pagos automáticamente al superarse ciertos umbrales climáticos, esto reduce tiempos y costos. Las coberturas escalonadas, que indemnizan de forma progresiva según la severidad del evento, mejoran la proporcionalidad entre daño y compensación. Y los productos modulares permiten al asegurado elegir combinaciones de protección, desde riesgo físico hasta riesgo de mercado vinculado a eventos climáticos.
El diseño de estos productos debe basarse en una lógica territorial inteligente, que integre mapas de riesgo dinámicos, historia climática local, capacidades de adaptación y modelos de impacto económico. Así se logra una oferta más justa, eficiente y alineada con la realidad del asegurado.
6.6.4. Acompañar con educación financiera y formación técnica a los asegurados y al talento interno
El éxito de cualquier transformación depende de las personas. En este sentido, es clave desarrollar programas de capacitación y acompañamiento tanto para los clientes como para los equipos internos de las aseguradoras. En muchos casos, el asegurado desconoce cómo funcionan los nuevos modelos de seguro, cómo se calculan los índices, qué significa el riesgo base o cómo interpretar una imagen satelital.
Brindar herramientas de educación financiera, guías prácticas, simuladores, videos explicativos o espacios de consulta contribuye a aumentar la confianza, reducir conflictos y fomentar la apropiación del seguro como herramienta de gestión de riesgos, no solo como un salvavidas.
Al mismo tiempo, el talento interno también necesita reconversión. Suscriptores, actuarios, comerciales, peritos, desarrolladores y analistas deben ser capacitados en ciencia climática, datos geoespaciales, ética ambiental y nuevas metodologías de pricing. La formación continua y el desarrollo de capacidades interdisciplinarias son esenciales para fortalecer el capital humano y evitar cuellos de botella.
6.6.5. Participar activamente en la agenda climática global, y contribuir con evidencia y soluciones
Finalmente, las aseguradoras no pueden limitarse a responder a los impactos del cambio climático. Tienen la oportunidad, y la responsabilidad, de participar activamente en la construcción de soluciones climáticas a nivel local, nacional e internacional. Esto implica involucrarse en debates regulatorios, colaborar con autoridades en estrategias de adaptación, aportar evidencia empírica desde sus datos y experiencias, y contribuir al diseño de políticas públicas más efectivas.
También significa asumir compromisos con la descarbonización del portafolio de inversiones, apoyar proyectos de infraestructura resiliente, promover incentivos a la adopción de tecnologías limpias y fomentar la economía regenerativa. La voz del sector asegurador debe estar presente en las mesas de negociación climática, en los foros multilaterales, en las redes de innovación y en las plataformas colaborativas.
El seguro no es solo un mecanismo financiero: es una herramienta poderosa de transformación social, ambiental y económica. Integrarse de forma activa en la agenda climática global fortalece la legitimidad del sector, abre nuevas oportunidades de negocio y posiciona a las aseguradoras como actores clave de la transición ecológica.
El ecosistema asegurador enfrenta una oportunidad histórica: liderar la transformación hacia un modelo más justo, resiliente y sostenible. Para lograrlo, es necesario combinar inversión tecnológica, alianzas estratégicas, innovación en productos, educación continua y protagonismo en la agenda climática. Las compañías que abracen esta visión no solo protegerán mejor a sus clientes, sino que contribuirán activamente a construir un futuro más seguro para todos.
7. Hacia una nueva cultura del riesgo climático
El cambio climático ha transformado de manera irreversible el escenario en el que opera el sector asegurador. Ya no se trata únicamente de gestionar riesgos previsibles o calcular primas con base en estadísticas históricas. Hoy, la industria tiene ante sí una oportunidad y un desafío sin precedentes: pasar de indemnizar pérdidas a prevenirlas; de actuar después del desastre a anticiparlo; de una lógica reactiva a una lógica proactiva y transformadora.
Este cambio de paradigma exige una nueva cultura del riesgo climático. No se trata solamente de ajustar procesos, lanzar nuevos productos o adoptar tecnologías avanzadas, sino de modificar las formas en que pensamos, entendemos y enfrentamos el riesgo en un mundo en constante mutación. Esta nueva cultura debe estar anclada en la ciencia, guiada por la innovación, fortalecida por la colaboración y comprometida con la sostenibilidad.
6.7.1. El riesgo como fenómeno dinámico, territorial y multidimensional
Tradicionalmente, el riesgo en seguros se ha tratado como una variable cuantificable, separada de su contexto social, ambiental o político. Sin embargo, el riesgo climático no se comporta bajo esa lógica. Es un fenómeno territorial, que varía de un lote a otro; dinámico, que se modifica constantemente con nuevas condiciones; y multidimensional, que se entrelaza con factores económicos, tecnológicos, regulatorios y culturales.
Comprender esto es clave para superar el enfoque lineal y pasar a una mirada más holística. Por ejemplo, un mismo evento climático (una sequía, una granizada, una inundación) puede tener impactos completamente distintos según el tipo de cultivo, el momento del ciclo fenológico, la preparación previa del productor o el acceso a herramientas financieras. La nueva cultura del riesgo debe incorporar esta complejidad como parte de su análisis y no como una excepción.
6.7.2. La inteligencia del dato como eje estructural
En esta transición, la evidencia reemplaza a la intuición. La suscripción de precisión, basada en datos satelitales, inteligencia artificial y modelado climático, se convierte en una herramienta fundamental. Ya no alcanza con generalizar por región, ni con aplicar primas estándar: hay que segmentar, focalizar y ajustar en función de las condiciones reales del riesgo, no de suposiciones heredadas.
Esta inteligencia del dato permite una toma de decisiones más justa, más eficiente y transparente. Y, a la vez, habilita procesos de aprendizaje continuo, donde el análisis de siniestralidad, el cruce de variables y la simulación de escenarios contribuyen a mejorar constantemente la calidad técnica del seguro.
Pero para que esta inteligencia sea efectiva, debe ser democratizada, auditable y confiable. No puede estar restringida a unos pocos actores, ni basada en modelos cerrados. Debe surgir de una lógica colaborativa entre aseguradoras, reaseguradoras, instituciones públicas, universidades, startups y productores. Solo así se podrá construir una cultura del riesgo verdaderamente inclusiva y adaptativa.
6.7.3. De producto financiero a instrumento de resiliencia
Otra transformación fundamental es pasar de concebir al seguro como un simple producto financiero de transferencia de riesgo a verlo como un instrumento de resiliencia climática integral. Esto implica que el objetivo del seguro no es únicamente pagar una indemnización, sino ayudar a que el asegurado se recupere más rápido, se adapte mejor y prevenga futuras pérdidas.
En esta lógica, la prevención ocupa un lugar central. Las aseguradoras pueden, por ejemplo, ofrecer primas diferenciales a quienes adopten prácticas sustentables, incentivos para inversiones en infraestructura resiliente, alertas tempranas basadas en pronósticos climáticos o, incluso, acompañamiento técnico para fortalecer la gestión del riesgo en el campo o en la ciudad.
Este cambio cultural también implica repensar la relación con el asegurado: no como un cliente pasivo que espera un pago, sino como un actor activo en la gestión del riesgo, capaz de tomar decisiones informadas, de prepararse con anticipación y de construir soluciones junto a la compañía. Para lograrlo, es clave fortalecer los canales de diálogo, la educación financiera y la transparencia contractual.
6.7.4. Responsabilidad climática del sector asegurador
La nueva cultura del riesgo climático también exige a las aseguradoras una mayor responsabilidad social y ambiental. No basta con adaptarse al nuevo escenario: el sector también debe contribuir a mitigarlo. Esto implica revisar el impacto climático de sus inversiones, apoyar la transición hacia modelos productivos bajos en carbono, colaborar en el diseño de políticas públicas de adaptación y participar en espacios globales de acción climática.
Las aseguradoras que quieran liderar el mercado deberán alinear su estrategia con marcos, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el Acuerdo de París, el TCFD o los estándares del ISSB, no solo por cumplimiento normativo, sino por convicción estratégica. En un mundo que demanda coherencia, transparencia y compromiso, la sostenibilidad ya no es un nicho: es la nueva normalidad.
6.7.5. Liderar con propósito: el rol de las aseguradoras como agentes de transformación
El sector asegurador ocupa una posición única para liderar este cambio cultural. Su función tradicional como amortiguador de shocks puede complementarse con un rol transformador, dado que puede promover buenas prácticas, generar datos confiables, articular alianzas y financiar proyectos de impacto.
Al liderar con propósito, las aseguradoras pueden convertirse en catalizadores del desarrollo sostenible, en socios estratégicos de los sectores productivos, en actores clave de la transición energética, y en referentes de innovación social y ambiental. Pero, para lograrlo, deben abrazar con decisión esta nueva cultura del riesgo climático, incluso si eso implica romper con viejos paradigmas.
6.7.6. Conclusión: del riesgo a la oportunidad
En definitiva, estamos frente a una disyuntiva histórica. La crisis climática puede ser una amenaza existencial para el modelo asegurador, o puede ser la oportunidad de reconvertirlo en una herramienta clave para un futuro más justo, resiliente y sostenible. Todo depende de las decisiones que se tomen hoy en relación con el corto, mediano y largo plazo.
La cultura del riesgo climático que se necesita no está relacionada a una cultura del miedo, sino a una visión proactiva que se enfoque en la anticipación probabilística de acontecimientos complejos, basada en el conocimiento y en la cooperación sinérgica. Una cultura que reconozca la incertidumbre, pero no se paralice ante ella. Que valore la tecnología, pero no olvide la dimensión humana. Que busque rentabilidad, pero no a costa de la sostenibilidad y de la equidad.
Las aseguradoras que adopten esta visión estarán mejor preparadas para proteger, para prevenir y para transformar. Porque el riesgo climático no es solo un desafío técnico: es, sobre todo, una oportunidad para construir un nuevo contrato social entre el seguro, la sociedad y el planeta.
[1] Pacto Mundial Red España (7 de agosto de 2023). 6 leyes y directivas sobre sostenibilidad que afectarán a tu empresa. Pacto Mundial. https://www.pactomundial.org/noticia/6-leyes-y-directivas-sobre-sostenibilidad-que-afectaran-a-tu-empresa/#:~:text=La%20Directiva%20(UE)%202022/,nuestro%20nuevo%20Informe%20de%20Progreso
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