En 2024, la temperatura de Argentina fue 1,13 °C mayor que el promedio de 1940-1969, período en el que comienzan a tenerse estimaciones por país. Esta cifra es menor que el promedio mundial para el mismo período (1,37 °C). La diferencia no es casualidad: refleja un patrón global donde el hemisferio sur se ha calentado menos que el norte.
Un informe de Fundar muestra que la explicación está principalmente en la geografía. El hemisferio sur tiene una mayor proporción de océanos, que tardan más en calentarse que los continentes, porque el agua tiene una mayor capacidad para absorber calor. Además, en el Ártico se produce un fenómeno conocido como «retroalimentación del albedo»: cuando se derrite la capa blanca que cubre la superficie, el suelo oscuro descongelado y el océano abierto absorben mucha más radiación solar que antes, lo que acelera el calentamiento. Este proceso es más pronunciado en el Ártico que en la Antártida.
A nivel regional, las diferencias son notables. Uruguay es el país que menos se calentó en el período analizado. En contraste, gran parte de Europa del Este y del Norte registra los mayores aumentos de temperatura del planeta, con incrementos superiores a 3 °C. En Belarus, Ucrania, Bosnia y Herzegovina, Noruega, Eslovaquia, Polonia y Lituania las temperaturas de 2024 fueron más de 3,5 °C superiores a las de 1940-1969.
Si bien Argentina se encuentra por debajo del promedio mundial, un aumento de 1,13 °C sigue siendo muy significativo para nuestros ecosistemas, la agricultura y la vida cotidiana. La diferencia con otras regiones no debe llevarnos a subestimar los enormes desafíos que esto representa.
Argentina contribuyó con el 1,1% del calentamiento global
Argentina representa el 1,1% de las emisiones globales acumuladas de gases de efecto invernadero, es decir, contribuyó con el 1,1% del calentamiento global. Para poner esta cifra en perspectiva, es útil agrupar a los países según su nivel de ingresos.
Los países de altos ingresos concentran el 46,8% de las emisiones históricas. Sobresalen aquí Estados Unidos (17,2% del total), la Unión Europea y el Reino Unido (12,7% en conjunto). El resto de los países ricos (entre los que destacan Rusia, Canadá, Japón y Australia) aportan un 16,9% adicional.
Los países de ingresos medio-altos (grupo al que pertenece Argentina) dan cuenta de un 35,7% de las emisiones acumuladas. Aquí sobresale China, con 12,9%. En tanto, los países de ingresos medio-bajos aportaron un 13,9% adicional, entre los que se destaca India (4,8%). Por último, los países de ingresos bajos (compuesto mayormente por países africanos) solo contribuyeron con un 3,7%.
Entre los cambios documentados se destacan las precipitaciones extremas e inundaciones recurrentes en el Noreste y el Litoral.
Esta distribución de las emisiones refleja una realidad fundamental: los países que se industrializaron primero y alcanzaron mayor prosperidad económica son los principales responsables del problema climático actual. Sin embargo, esto no exime a países como Argentina de asumir compromisos proporcionales a sus capacidades para enfrentar el desafío.
El concepto de «responsabilidades comunes pero diferenciadas» reconoce esta desigualdad histórica, pero también establece que todos los países deben contribuir a la solución según sus posibilidades.
El cambio climático no es un problema futuro: ya está modificando de manera visible distintos territorios de la Argentina. Sus efectos van mucho más allá del aumento de la temperatura promedio e incluyen transformaciones en sistemas climáticos complejos, como los regímenes de lluvias, la frecuencia de sequías e inundaciones y la intensidad de fenómenos extremos.
Entre los cambios documentados se destacan las precipitaciones extremas e inundaciones recurrentes en el Noreste y el Litoral. Estas no solo generan daños materiales, sino que también exponen la vulnerabilidad humana de las ciudades: impactos en barrios de bajos recursos, interrupción de servicios esenciales e incremento de riesgos para la población más expuesta.
En la Cordillera de los Andes, el retroceso de los glaciares compromete el acceso al agua de las poblaciones asentadas en sus laderas y de actividades históricas, como el turismo invernal. En la Cuenca del Plata, la variabilidad climática afecta directamente los caudales de sus ríos, con consecuencias para el abastecimiento de agua y la producción agrícola.
En el norte del país se observa un creciente estrés hídrico, resultado del aumento de temperaturas y de cambios en los patrones de precipitación, un fenómeno que tiende a intensificarse y expandirse geográficamente. Al mismo tiempo, se registra un aumento del nivel del mar en áreas del litoral marítimo y en la costa del Río de la Plata.
Los datos muestran que sin medidas de adaptación y mitigación, los costos económicos, sociales y ambientales del cambio climático crecerán exponencialmente. La adaptación no es una opción, sino una necesidad urgente para proteger las comunidades más vulnerables y preservar sectores productivos estratégicos, como el agro.

