El objetivo primero de ordenar la macroeconomía, recortar el gasto público y bajar la inflación choca cada vez más con la pérdida de poder adquisitivo que se traduce en una brusca caída del consumo. Martín Eandi, gerente de Insights de la consultora de estrategia Moiguer, se dedica a medir este indicador sensible y analiza las causas y consecuencias.
—¿Cuál fue el principal cambio en el consumo desde que asumió Milei?
—Durante la mitad de su vida productiva, un argentino promedio convivió con crisis y recesiones. Esa gimnasia forzada moldeó a un consumidor experto en sobrevivir. Pero el último giro económico cambió algo más profundo que los precios: cambió las reglas del juego. El nuevo ciclo dejó atrás un modelo impulsado por la demanda para pasar a uno de oferta, con apertura de mercado, precios liberados y prioridad en el orden macro.
—¿Cómo se traduce este giro radical en números?
—El shock de 2024 implicó una caída del PBI del 1,7%. La inflación se desaceleró y trajo alivio (46 % mantiene expectativas positivas), pero el consumo masivo cayó 14 puntos y en 2025 apenas recuperó dos puntos. La macro ordena; la micro todavía duele. Hoy el consumo está condicionado por dos anclas: ingresos debilitados y un mercado laboral tensionado. Los salarios reales privados cayeron 8,1 % y los públicos 22 %. Con un salario mínimo de 240 dólares, el poder de compra local queda expuesto frente a la región. Casi la mitad de los hogares siente que corre detrás de la inflación; solo 18 % llega holgado a fin de mes y 21 % logró ahorrar algo en los últimos meses, según el Moiguer Social Mood.
—¿Y cómo repercute esta pérdida de poder adquisitivo en el mercado laboral?
—El crédito creció fuerte en 2025, pero también la mora, que se triplicó. El financiamiento sostiene, pero no resuelve. El empleo también se reconfigura, porque cerca de 300.000 puestos formales migraron hacia esquemas informales o precarios y uno de cada dos hogares sumó horas extra, changas o emprendimientos para completar ingresos. Más esfuerzo para sostener el mismo nivel de vida generando una doble presión sobre el mercado de trabajo.
—¿Esto explica el freno al consumo de los años previos?
—No. Aunque con restricciones, se transforma, no se paraliza. Siete de cada diez argentinos declaran haber cambiado sus hábitos. Menos “stockeo”, más compras “quirúrgicas”. Más apps y descuentos, más cercanía (almacenes crece 9 %) y más online (crece 14 %), mientras supermercados y mayoristas retroceden (menos 5,2 %), según datos de Scentia. El consumidor optimiza cada peso, fragmenta sus compras para el hogar y diversifica canales.
—¿Además del ajuste, las prioridades en el gasto cambiaron?
—Hay un dato clave para comprender a este consumidor reconfigurado: aún con restricciones, según nuestro observatorio Social Mood, 68 % de los hogares realizó algún gasto suntuario en el último mes (ropa, electrónica, salidas, viajes), diez puntos más que en 2024. Los fines de semana largos movilizaron más turistas que, inclusive, el 2023, aunque con menor gasto por persona. Se consume distinto: se busca precio, se compara, se prioriza la conveniencia. El 30 % ya compró online en el exterior, los bazares chinos que proliferan en la ciudad invitan a un paseo y compra de bajo out of pocket impulsado por la competitividad de los importados. Cuando el bolsillo aprieta, la ecuación manda y lo importado pesa sobre el nacional.
—¿Entonces, qué puede esperarse para este año?
—La recuperación del consumo masivo será lenta y podría recién hacia 2030 alcanzar niveles de 2023. Las tarifas de servicios y las tensiones laborales van a ser los factores con más impacto sobre el ingreso disponible. Para las empresas, el desafío no es esperar que “vuelva” el consumidor de antes. Ese consumidor ya cambió. Es más racional, más digital, más infiel a las marcas y más sensible al precio, pero no resigna consumo: lo reconfigura. La oportunidad está en contar con una lectura estratégica de esa nueva lógica y responder con propuestas de valor claras, formatos flexibles, pricing inteligente y velocidad de adaptación.

