El décimo estudio anual de McKinsey & Company publicado a mediados de octubre tiene, como conclusión final, un mensaje inequívoco: el mundo no va camino a limitar el aumento de la temperatura global a 1,5 °C. Incluso bajo el escenario más optimista, el calentamiento alcanzará 1,9 °C hacia 2100, lo que significa que los compromisos actuales de descarbonización no son suficientes.
Este informe se consolida como una de las proyecciones más influyentes junto al World Energy Outlook de la IEA y el Energy Outlook de BP, que ofrecen una mirada integral sobre demanda, inversión, electrificación, combustibles y materiales críticos.
El reciente documento proyecta que las energías renovables podrían suministrar entre el 61% y el 67% de la electricidad mundial en 2050, sin embargo los combustibles fósiles todavía conservarán una participación del 41% al 55% del consumo total de energía, según el escenario.
De acuerdo al informe, es poco probable que los combustibles alternativos, como el hidrógeno limpio, se adopten de forma generalizada antes de 2040, a menos que se exija su uso. Pero, además, la creciente demanda de energía de los centros de datos y las preocupaciones sobre la asequibilidad podrían ralentizar el progreso hacia los objetivos del acuerdo sobre cambio climático adoptado hace una década.
América Latina, con cobre en Chile y Perú y litio en Argentina y Bolivia, tiene un papel central, aunque corre el riesgo de quedarse en el rol de proveedora de materias primas si no desarrolla refinación e industria.
El análisis observa que el mundo se encamina hacia una transición energética más lenta en todos los escenarios modelados, a medida que los responsables políticos equilibran la descarbonización con la asequibilidad y la seguridad en medio de la incertidumbre geopolítica.
“Diez años después de la primera Perspectiva energética global, nuestra visión de la transición energética ha madurado. La transición no es menos urgente, pero los caminos para cerrar la brecha hacia los objetivos del Acuerdo de París son ahora más complejos”, aclara Diego Hernández Díaz, socio de la consultora.
El rol de América latina y su factibilidad
La transformación energética mundial avanza, pero no al ritmo necesario para cumplir los objetivos de París. La capacidad solar y eólica podría triplicarse para 2030 y más de nueve veces para 2050, pero la asequibilidad y las limitaciones geopolíticas podrían seguir definiendo la próxima década.
El informe resalta que la transición energética depende tanto del cobre y el litio como del sol y el viento. La demanda global de minerales críticos podría triplicarse antes de 2040, pero más del 70% del procesamiento mundial se concentra en China. Sin nuevos proyectos mineros, refinación regional y cadenas de suministro diversificadas, el mundo no tendrá materiales suficientes para cumplir sus metas.
América Latina, con cobre en Chile y Perú y litio en Argentina y Bolivia, tiene un papel central, aunque corre el riesgo de quedarse en el rol de proveedora de materias primas si no desarrolla refinación e industria.
Para mantener una senda compatible con el calentamiento más probable de 1,9 °C, la inversión global en energía debería duplicarse hasta alcanzar unos siete billones de dólares al año. Si bien la mayor parte de esos recursos se concentra en economías avanzadas, mientras las emergentes enfrentan altos costos de capital, restricciones fiscales y subsidios a combustibles fósiles.
El informe advierte que sin instrumentos financieros innovadores, como bonos verdes, garantías multilaterales y marcos regulatorios claros, la transición seguirá siendo desigual y costosa. En esta línea, enumera cinco riesgos concretos que enfrenta la región: 1) quedarse a mitad de la transición, 2) falta de infraestructura eléctrica para absorber renovables, 3) dependencia tecnológica de China, 4) déficit de financiamiento verde y 5) pérdida de competitividad industrial.
América Latina tiene recursos hidroeléctricos, solares, eólicos y mineros excepcionales, pero la falta de coordinación regional y visión industrial puede dejarla rezagada en la nueva economía energética. “El desafío para la industria y los responsables políticos será garantizar que el sistema energético sea asequible, confiable y resistente a los picos de precios, los cortes y la inestabilidad geopolítica”, concluye Humayun Tai, socio principal de McKinsey.

