Fernando Marengo, economista jefe de BlackTORO, firma norteamericana dedicada a la gestión de patrimonios y activos, recuerda que cuando el consumo argentino volaba era como cobertura por la inflación. Advierte la heterogeneidad del actual crecimiento y señala que se debe trabajar más en la productividad para obtener resultados.
Existe un consenso entre muchos analistas, y una parte de la población, de que el déficit fiscal era desmedido e inflacionario y, por lo tanto, el ataque a ambos problemas encarado por el Gobierno al inicio de su gestión era el camino adecuado. Sin embargo, la gran discrepancia se da por las herramientas y la magnitud del ajuste, que en la evolución hoy muestra su contracara. Y esto es algo que están señalando hasta varios empresarios del círculo rojo. Otros economistas, quizás por la distancia, tienen otra visión.
“Si uno se fija lo que estuvo pasando en la economía argentina de los últimos dos años, claramente el gran logro fue la baja de la tasa de inflación, producto finalmente de la decisión de un ajuste antes de una crisis y una relativa estabilidad del tipo de cambio, al inicio con un crawlling al 2% y luego al 1%, y después con las bandas cambiarias que generaron volatilidad y costes de inflación”, así resume el escenario Fernando Marengo.
A su entender, estas fueron las bases para que hoy exista un mercado más tranquilo, al mismo tiempo de una acumulación de dólares por parte del Banco Central de la República Argentina como nunca antes desde que asumió el Gobierno. Si bien reconoce que, en general, las críticas vienen por el lado de la actividad y el consumo, afirma que cuando uno se fija en los números el nivel de actividad está en máximos históricos, con volatilidad a principios de año que se tradujo en estancamiento, pero ahora ya hay crecimiento de nuevo.
“Creo que la palabra clave es la heterogeneidad, con sectores que crecen fuerte y otros que caen. Dentro de los que están más lejos de su máximo histórico se destacan la industria, la construcción y el comercio. La primera está un 20% abajo de su pico máximo del 2011, pero es importante destacar que hace 15 años que viene en caída de manera tendencial, con ciclos expansivos y contractivos”, sostiene Marengo.
Al mismo tiempo, el economista considera que si se toma en cuenta la performance de la industria desde que asumió el actual Gobierno, la variación en la producción fue casi cero, aún con ganadores y perdedores, como los sectores sustitutivos de importaciones (indumentaria, textil, plástico, caucho y lo relacionado con la construcción). Pero observa que el resto está aumentando su producción.
“El consumo también está en máximos históricos. Si lo ajustás per cápita, en realidad el pico se dio en 2013, pero el nivel actual es el más alto en los últimos 23 trimestres, ya que hace casi seis años que el consumo no se ubica en este nivel per cápita. Hubo un cambio en la composición del consumo, y si uno compara en nivel actual con el de 2022 o 2023, creció el consumo total, el consumo per cápita, con un cambio en la composición por menos demanda de alimentos, porque no hay que olvidar que por aquellos años crecía este rubro como cobertura ante la inflación: lo que se conoce como el efecto alacena”, detalla.
Dos velocidades
Por otro lado, al relevar los datos, Marengo advierte una mayor demanda de bienes durables por la aparición del crédito y el cambio de los precios relativos, que aumentó la demanda de motos, autos y electrodomésticos. Sí le parece llamativa la mayor demanda de hoteles y restaurantes, porque se escucha que cerraron muchos, aunque quizás abrieron más de los necesarios, aunque está arriba del 2022 y 2023. Y también destaca el aumento del turismo emisivo, que aunque al igual que los bienes durables tiene que ver con bienes importados, pero se compensa con el aumento de producción local.
“Más allá de la heterogeneidad de los sectores, si estamos en niveles de actividad y consumo tan elevados, dada la historia, la pregunta es: tiene que haber algo más. Y creo que ese algo más que hay es que en la economía argentina durante los últimos 20 años, pero podríamos decir 50 o 70 años, todos los negocios eran financieros. Uno tenía que conseguir financiamiento a tasa fija en pesos, comprar dólares al cambio oficial o eventualmente cuasidólares con cualquier producto importado y después se lograba rentabilidad gracias a la inflación”, recuerda.
Desde su perspectiva, se puede decir que el sector privado recaudaba inflación: licuando salarios, deuda en pesos, intereses, proveedores y, por otro lado, revaluando toda la mercadería acopiada. De esa manera, el resultado de las empresas era meramente financiero. El problema es que cuando cae la brecha cambiaria y la inflación, este resultado se reduce en forma drástica y la rentabilidad depende de la productividad.
“Venimos de dos décadas en las que el incentivo al sector privado no era ser productivo sino hacer un negocio financiero. Ahora, el cambio de modelo demanda inversión en productividad en sectores que creo que hoy son rentables y productivos. Fundamentalmente, la inversión debería darse en aquellos sectores que para hacerse rentables deberían mejorar su productividad. Y el gran desafío que presenta Argentina es sobre los sectores que nunca fueron productivos y que fueron rentables gracias al cierre de la economía y la recaudación del impuesto inflacionario”, concluye Marengo.

